Nuestro profesor y maestro Santiago Huerta se ha jubilado después de más de treinta y cinco años dedicado a la docencia y a la investigación en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid… Y un grupo de compañeros (entre los que están Esther Redondo y Félix Rodríguez, socia y colaborador de gv408) ha organizado un Simposio Internacional en su homenaje que se ha celebrado los días 13 y 14 de noviembre en el Salón de Actos de la ETSAM.
El acto de apertura estuvo presidido por Miguel Ángel Gálvez, en representación del Director de la ETSAM, a quien acompañaron Esther Redondo y Ricardo Aroca. Ella señaló que “casi todos los organizadores del Simposio son profesores de la universidad o investigadores gracias a Santiago, una persona tremendamente generosa” de quien destacó su “ética profesional, por la cual sigue organizando congresos que académicamente ‘no sirven para nada’ (no suman puntos en la injusta carrera de obstáculos en la que se ha convertido la investigación en España), publicando artículos y libros donde cree que merece la pena, y escribiendo informes profesionales en los que recomienda intervenciones tan sencillas y respetuosas con los edificios que no son siempre las que los peticionarios desearían recibir”. Y destacó que “cualquier conversación con él termina con las ideas más claras y doscientas referencias bibliográficas”.
Ricardo Aroca distinguió brevemente entre Arquitectura (“lo que se quiere hacer”) y Construcción (“lo que se sabe hacer”) y definió la segunda como el lenguaje de la Arquitectura (“dice más de los edificios que otros aspectos más superficiales”), antes de concluir que “nadie ha personificado mejor que Santiago lo que debe ser un académico”.
El primer ciclo de conferencias del Simposio abordó la semblanza académica de Santiago Huerta y fue moderada por Ignacio J. Gil, quien elogió la tarea de su maestro citando una generosa meditación de Marco Aurelio: “… si eres prudente, perseverante y alegre, […] si cuidas de tu vida interior, si te alejas del deseo y del miedo, si vives de acuerdo con la naturaleza propia del ser racional, si todas tus palabras y frases están guiadas por la verdad, tu vida será feliz”.
La biografía de Santiago fue resumida por su buen amigo Javier Girón en “La formación de un «scholar»”, brillante conferencia que sintetizó la crónica de la “Historia de la Construcción”, disciplina en cuya fundación y desarrollo ha sido esencial la contribución de Santiago Huerta “por su constante reflexión sobre sus fundamentos, su absoluto dominio de la historiografía, su empuje, la lucidez de su estrategia para impulsarla, su capacidad de ilusionar y crear redes de complicidades académicas”.
Para Javier fue tan determinante que Santiago naciera “en una familia donde se apreciaba la ciencia –con sus exigencias, sus rigores y sus maravillas–” como que, en Historia del Arte, Pedro Navascués o José Antonio Ruiz incitaran a los alumnos a investigar por su cuenta, lo que despertó el entusiasmo de Santiago (“singular mezcla de hombre de acción, humanista, bibliófilo y científico”) que empezó a frecuentar la Biblioteca Nacional para intentar descubrir qué ocultaban los espacios en blanco en las secciones de los edificios históricos que les enseñaban en las clases, vacíos que se completaron accidentalmente con algo de construcción en las lecciones de Fernando Chueca.
Al finalizar la carrera, Santiago Huerta decidió que trataría de conocer los métodos de cálculo utilizados en el pasado en el diseño estructural de las fábricas, y en 1981 eligió título de tesis (“Arcos, bóvedas y cúpulas. Geometría y equilibrio en el cálculo tradicional de estructuras de fábrica”) y que Aroca fuera su director. “En la elección del tema latía una inclinación por la historia de la ciencia. Su tesis se convertiría en un puente entre esta disciplina (que ya existía) y la que él quería constituir” … La conferencia de Javier Girón fue un luminoso compendio de bibliografía y amistades (que terminaríamos de descubrir un día después), el mejor homenaje posible a Santiago, y decenas de referencias se sucedieron en una cascada de conocimiento, coincidencias y curiosidades: “Los sonámbulos” de Arthur Koestler; “La estructura de las revoluciones científicas” de Thomas Kuhn (“la ciencia tenía una historia no lineal, con sus crisis y etapas”); Javier Ordóñez (profesor de la UAM y experto en Historia de la Ciencia) que introdujo a Santiago en la intrahistoria de la disciplina y le animó a estudiar a George Sarton; las tesis de Salvador Pérez Arroyo, José Carlos Palacios, Enrique Rabasa… En la década de 1980 “se estaba conformando un campo nuevo, pero faltaba una visión de conjunto, la de alguien que se preguntara cómo se construye una nueva disciplina y que lo hiciera desde el molde de una que ya existía”. Esa persona fue Santiago Huerta, que en el prefacio de su tesis (leída en octubre de 1990), “prefigura la historia no escrita de la Historia de la Construcción: autores, momentos de auge y decadencia, estado de la cuestión… todo ello desde la más exhaustiva búsqueda bibliográfica”. En marzo de 1993 conseguiría la plaza de profesor de “Proyecto y cálculo de estructuras”, lo que le permitió dedicarse plenamente a la investigación y concebir, poco a poco, “un plan estratégico para revitalizar la disciplina: reunir a los investigadores en congresos, crear un corpus bibliográfico, materializar su presencia académica en la Universidad en cursos y asignaturas, reunificar y expandir las diferentes corrientes locales en un movimiento internacional”. Todo ello se “materializa en unos años prodigiosos: en 1996 se celebra el primer Congreso Nacional de Historia de la Construcción, en 1997 Santiago comienza su labor como editor de Teoría e Historia de la Construcción del Instituto Juan de Herrera, en 1996 aparece la asignatura Historia de la Construcción en la ETSAM, y -tras varios congresos nacionales bianuales- también organiza el primer Congreso Internacional de Historia de la Construcción en 2003” … el comienzo de una impresionante trayectoria profesional.
El siguiente conferenciante fue Bill Addis. Ingeniero, compañero y amigo de Santiago, nos contó que empezó su doctorado en 1976 con el propósito de averiguar cómo se habían construido las catedrales, preguntándose –en un sentido más amplio– “¿cómo conseguían los constructores, en cualquier momento de la historia, la confianza suficiente para construir una estructura innovadora que no tuviera precedentes?” Encontró la respuesta en “la «ciencia» de la geometría (modificada por otras creencias que dependían de la época) y en la experiencia”, aunque a partir del siglo XVI las reglas geométricas empezaron a incorporar la estática. La tesis de Santiago trató de responder a cuestiones similares y citaba incluso la primera publicación de Bill Addis “A new approach to the History of Structural Engineering”, aunque luego admitió, humorísticamente, que la referencia incluía un asterisco: código utilizado para “obra no consultada”.
Bill Addis descubrió, junto con Santiago, que no existía una comunidad de investigación centrada en la Historia de la Construcción y desgranó a continuación cómo a partir de la fundación en Inglaterra de la “Construction History Society” en 1985 y en la ETSAM del Instituto Juan de Herrera en 1992 se sucedieron los congresos (nacionales e internacionales), las publicaciones de informes y revistas, la fundación de sociedades de Historia de la Construcción en otros países… para concluir que “sin Santiago, posiblemente, mucho de lo presentado en su ponencia se hubiera podido realizar… algún día; pero nunca en solo 30 años”.
Ricardo Aroca volvió a tomar la palabra para destacar que uno de sus méritos relevantes había sido “dejar trabajar a Santiago”, y que desarrollara su labor editorial y de organización de congresos en el Instituto Juan de Herrera. Subrayó que Santiago Huerta descubrió a Jacques Heyman, “una maravilla para todos nosotros”, lo que sirvió tanto para reconducir el camino del análisis de las estructuras antiguas, “que empezó a torcerse en 1638 cuando Galileo concluyó que las tensiones crecen inexorablemente con el tamaño y que las reglas de proporción, por tanto, no eran válidas”, como para contener la “plaga de elementos finitos”, que ilustró divertidamente con la renuncia de Sáenz de Oiza al cargo de arquitecto restaurador de la catedral de León.
Tras las palabras de elogio y gratitud de Jacques Heyman en honor al profesor Huerta (que leyó Bill Addis), asistimos a la espléndida clase magistral “Arcos, bóvedas y cúpulas” de Santiago. En ella trató de responder a la pregunta que le inquieta desde hace años: ¿qué ha ocurrido para que arcos, bóvedas y cúpulas sean una “rareza” hoy en día, después de haber constituido la base de la construcción de la arquitectura durante milenios?… En línea con otra poética reflexión de Bruno Remaury que escribe que “cuando no hay cuevas, el hombre construye un simulacro, un menhir, un crómlech, un dolmen, […] una mastaba, incluso amplias bóvedas y vastas cúpulas, que no son sino representaciones, hechas a la perfección, de la cueva original” … Y para ello nos invitó a un fascinante viaje a lo largo del tiempo, desde el origen del arco (aproximadamente en el 4.000 a.C.), pasando por la evolución de bóvedas y cúpulas, hasta su decadencia y desaparición a lo largo del siglo XX… aunque finalmente trató de exponer unos argumentos sobre “la necesidad de recuperar el conocimiento sobre estas hermosas estructuras en el s. XXI”.
Si las referencias bibliográficas y personales llenaron la conferencia de su amigo Javier Girón, las históricas, constructivas y estructurales nos asombraron en la de Santiago Huerta: la construcción de los primeros arcos (trazados en el suelo a escala real, mediante plantillas que permitían construir las cimbras, y finalizados en el momento “milagroso” en que se colocaba la clave, se retiraba la armazón… y el arco –“el enigma de la arquitectura” como lo llamaban los ingenieros del s. XVIII, el que “nunca duerme” como reza el proverbio árabe– quedaba en el aire); la construcción de las primeras bóvedas de cañón sin cimbra en Egipto; el avance que supuso la invención del hormigón romano (el Panteón de Agripa alcanzó los 43 metros de luz); las cúpulas de Santa María del Fiore en Florencia, de San Pedro en Roma (“cada día se levantaban 45 toneladas en obra”) y de San Pablo en Londres; hasta el gran cambio que supuso para la construcción el abaratamiento de la producción de hierro (la primera estructura de hierro fundido es el puente de Coalbrookdale, de 1777-1781), o la invención del hierro forjado o del hormigón armado. Después de la Primera Guerra Mundial llegó la Arquitectura Moderna y con ella la ley no escrita –según el profesor Salvador Tarragó– que dice que “está prohibido construir arcos y bóvedas” … aunque algunos (los Guastavino, Gaudí y sus discípulos, los reconstructores de la destrucción masiva que provocó la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial) transgredieron esa norma.
Las bóvedas fueron desapareciendo a lo largo del siglo XX al mismo tiempo que surgía una campaña de desprestigio de la fábrica: la pérdida de conocimiento fue acompañada de una desconfianza que continúa hasta nuestros días (un claro ejemplo de ello fue la cúpula de la catedral de San Pablo y la controversia que se originó después de 1900, a raíz del descubrimiento de deformaciones en su tambor de unos pocos centímetros: no superaban el 2,5 ‰ de una luz de 33 metros). “En los años 1960 y 1970 hay una obsesión por mejorar las estructuras antiguas (llenándolas de hormigón armado): se daba por sentado que esas estructuras estaban mal y que había que mejorarlas. En los años noventa, el asunto empeoró con el método de cálculo de elementos finitos” (la plaga a la que aludía Aroca) y estudios realizados con él concluyeron que la catedral de Beauvais o el acueducto de Segovia estaban a punto de hundirse (¡700 y casi 2.000 años después de su construcción!). ¿Cómo se explica esto? Santiago Huerta argumenta que la profunda ignorancia sobre este tipo de estructuras provoca que sintamos desconfianza y miedo, “una pasión humana peligrosa porque perturba el juicio y conduce a una respuesta agresiva y, normalmente, muy cara” (que arrastra a otra de las pasiones humanas: la codicia). ¿Cómo se puede romper este círculo vicioso y destructivo de ignorancia, miedo y codicia? Contra la ignorancia está el conocimiento (los tratados de construcción del XIX o la obra del profesor Heyman: fundamental en su demostración del teorema de la seguridad: “si una estructura se puede sostener, lo hará”), contra el miedo, la historia (la evidencia de los siglos) y contra la codicia, la ética y la responsabilidad.
Santiago Huerta concluyó: “en las fábricas, la seguridad es un problema de equilibrio, y el equilibrio depende de la forma geométrica”. Algunas fotos de los talleres de cúpulas y bóvedas tabicadas que organiza le sirvieron para volver a citar el proverbio chino que tanto le gusta (e identifica): “cuando oigo, imagino; cuando veo, comprendo; cuando hago, recuerdo para siempre”.
El simposio continuó con cuatro sesiones de ponencias –moderadas por Paula Fuentes, Fabián López, Joaquín Antuña y (ya el viernes) Alejandra Albuerne– sobre muy diversos e interesantes temas alrededor de la Historia de la Construcción, del cálculo de estructuras y de la construcción. 28 ponencias en total que destacaron por su nivel científico y pedagógico, y en las que se vislumbró la inmensa gratitud y afecto de todos los ponentes por Santiago, agradecimiento y aprecio que fueron explícitos, por ejemplo, en la charla de Carlos Martín sobre la bóveda tabicada de la Bienal de Venecia. No faltaron los homenajes bibliográficos o al profesor Heyman (ineludibles en cualquier tributo a Santiago Huerta) como la minuciosa revisión de las distintas ediciones del libro “Practical Measuring Made Easy” de Edward Hoppus por parte de James W.P. Campbell, o el descubrimiento del enunciado ante litteram –en 1838– del “teorema de la seguridad” del ingeniero y matemático Saint-Venant por parte de Federico Foce.
El broche final de las ponencias llegó al término de la de John Ochsendorf, que enumeró las diez enseñanzas –en orden inverso– de su profesor (y amigo) Santiago Huerta:
10. Leer textos antiguos… “y leer y leer y leer”; 9. Ser generoso con tus alumnos (e investigadores) jóvenes; 8. Ser humilde (John bromeó con que había precisado el espesor mínimo de un arco, que Couplet (1729) definió como t/R=0,101, Heyman (1969) como t/R=0,106 y él (2002) como t/R=0,1075, y que cuando compartió con Santiago su resultado, le respondió que Milankovitch había llegado al mismo valor en 1907); 7. Aprender otros idiomas (“preferiblemente mientras bebes cerveza y juegas al fútbol (o futbolín) con nativos”); 6. Visitar las cúpulas más importantes del mundo; 5. Mens et manus (el lema del MIT): teoría y práctica: visitar edificios reales para entender los límites de tu teoría; 4. Construir bóvedas nuevas (y probarlas); 3. Dormir (“estás más productivo después de una siesta”); 2. Mantener el contacto; y 1. Difundir el evangelio: el del equilibrio, el de análisis límite, y la palabra de Saint Jacques (Heyman), que John identificó como la palabra de Sant Iago, antes de regalarle un ladrillo (reliquia) de una bóveda de Guastavino en Estados Unidos.
El simposio se clausuró con dos últimas semblanzas académica y personal de Santiago Huerta. Especialmente divertida fue “la experiencia como estudiante” de Marina-Lúa R. Asenjo en el taller de bóvedas tabicadas. Y muy emocionantes todos los recuerdos y semblanzas que compartieron sus familiares y amigos (generosamente moderados y animados por Javier Girón)… amigos entre los que se encuentran también todos y cada uno de los organizadores de este brillante Simposio Internacional (y de la laboriosa logística necesaria), a los nos gustaría agradecer, una vez más, su gran esfuerzo, dedicación y cariño: Alejandra Albuerne Rodríguez, Joaquín Antuña Bernardo, Paula Fuentes González, José Antonio García Ares, Ignacio Javier Gil Crespo, Francisco Javier Girón Sierra, Rosana Guerra Pestonit, Rafael Hernando de la Cuerda, Fabián López Ulloa, Rafael Marín Sánchez, Esther Redondo Martínez, Ana Rodríguez García y Félix Rodríguez Sánchez.


